La psicoterapia con perspectiva de género, feminista y con enfoque en las nuevas masculinades, es esencial para que el proceso terapéutico se convierta en un camino de exploración y liberación de los mandatos sociales en relación a los estereotipos de género. Acompañando a las mujeres en la recuperación de su autonomía y validación, y a los hombres en la exploración de una nueva masculinidad que rompa con el silencio emocional y la rigidez.
¿Cómo puede ayudarte la psicoterapia con mirada feminista y perspectiva de género?
Desde una mirada integradora, resulta fundamental considerar el modelo relacional en el que nos desarrollamos, profundamente marcado por los estereotipos y estructuras de género. Al adoptar esta perspectiva, favorecemos la identificación de aquellas emociones, pensamientos y conductas que, lejos de ser puramente individuales, se entrelazan con las expectativas externas y nos aproximan en algunas ocasiones al sufrimiento psíquico.
Esta perspectiva nos permite aumentar la visión sobre el propio malestar. Facilitando que comprendamos nuestra propia biografía también como un despliegue de experiencias situadas en un contexto social, que condiciona nuestra forma de estar en el mundo y de relacionarnos.
De esta manera, el proceso terapéutico permite desentrañar cómo los mandatos de género, internalizados a través de nuestra socialización, moldean nuestra estructura psíquica y condicionan nuestra salud mental. Al visibilizar estas influencias, dejamos de ver el malestar como algo individualizado, y comenzamos a comprenderlo como una respuesta ante las exigencias externas que, pudiendo ser cuestionadas, nos liberan de sufrimiento emocional.
El impacto de los mandatos de género en la salud mental.
La influencia de las construcciones sociales sobre nuestra identidad no es uniforme, sino que impacta de manera diversa según el género y las expectativas asignadas culturalmente. Comprender estas dinámicas es esencial para abordar el sufrimiento psíquico desde una perspectiva integral y consciente.
En las mujeres:
Síndrome de la impostora: La presión social por la excelencia y la constante evaluación externa favorecen la internalización de una sensación de fraude, donde se minimizan los propios logros y se vive con el temor persistente de ser desenmascaradas como incompetentes.
Autoestima y complacencia: La socialización de género fomenta la hipervigilancia sobre la necesidad de priorizar las necesidades de los demás para buscar la validación externa, lo que a menudo erosiona la propia autoestima y conduce a un patrón de complacencia constante.
Mayor presencia de trastornos de la conducta alimentaria: debido a la presión e hipersexualización del cuerpo de las mujeres desde la infancia.
Violencia y trauma: La hipersexualización del cuerpo femenino y la socialización patriarcal en hombres facilita el padecimiento de diversas formas de violencia sexual en niñas y mujeres. Estas violencias tienen grandes repercusiones a nivel físico, psicológico, corporal, médico, económico y social. Siendo frecuentemente minimizadas u ocultadas, se ven agravadas por una estructura que en muchas ocasiones culpabiliza a la superviviente en lugar de garantizar su reparación.
En los hombres:
Bloqueo y aislamiento: El rol tradicional impone la restricción de la vulnerabilidad. Esto genera una “anestesia emocional” que dificulta el autoconocimiento, la gestión del estrés y la elaboración de duelos. Lejos de ser un bloque uniforme, observamos cómo muchos hombres optan por la autoanulación y el retraimiento sistemático, no por complacencia, sino como una estrategia defensiva para evitar el riesgo que implica la intimidad relacional.
La ira como vía de expresión: En este contexto, la ira se posiciona como una de las pocas emociones “validadas” o permitidas dentro del mandato de masculinidad. A menudo, esta ira actúa como una máscara que encubre sentimientos de tristeza, frustración o desamparo, los cuales no han encontrado otra vía de salida legítima.
Mayor consumo de sustancias: para afrontar emociones de tristeza y soledad.
Violencia silenciada: Existe un trauma subyacente vinculado a las violencias (físicas, psicológicas o sexuales) vividas en la infancia o edad adulta. Al no poder ser nombradas debido al mandato de “fortaleza masculina”, estas experiencias permanecen como heridas sin integrar que perpetúan el malestar en solitario.
Hacia una práctica liberadora.
Trabajar desde una perspectiva de género —integrando el feminismo y el análisis de las nuevas masculinidades— no es solo un imperativo clínico, sino un paso necesario hacia la salud mental. Este enfoque nos permite desmantelar los patrones aprendidos que, bajo la apariencia de mandato social, limitan nuestro desarrollo y dificultan la construcción de vínculos basados en la equidad y el buen trato.
¿Cómo podemos empezar?
¿Tienes alguna pregunta sobre cómo trabajo? Estaré encantado de resolver cualquier duda sobre cómo abordamos estas temáticas en sesión.
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